Las prendas de vestir han sido, quizás, el producto de consumo más internacionalizado desde finales del siglo XIX. En esa época, los modistos de París, liderados por la House of Worth, dictaban los estilos adoptados por mujeres adineradas de todo el mundo. Estas prendas se elaboraban con telas y pasamanerías importadas de lujo: sedas de China, lanas y terciopelos de Inglaterra, damascos y encajes de Italia. Representantes de los primeros grandes almacenes estadounidenses, como Marshall Field's en Chicago, R.H. Macy's en Nueva York y John Wanamaker en Filadelfia, viajaban a París para adquirir muestras de alta costura, que sus talleres adaptaban a los gustos de la creciente sociedad de consumo en Estados Unidos.
Las licencias de ropa impulsan la globalización
En la década de 1980, el auge de la moda popularizó los jeans y el calzado deportivo de diseñador, acelerando la globalización del sector. Las licencias se convirtieron en un salvavidas para las casas de alta costura. En estos acuerdos, una casa de diseño recibe regalías del 3% al 10% sobre el volumen mayorista de un fabricante externo que produce y comercializa los productos. Esto permitió a diseñadores como Pierre Cardin y Calvin Klein expandir rápidamente sus marcas a ropa, carteras, joyas, zapatos y perfumes. Así construyeron imperios multimillonarios, comercializando desde sofás y sábanas hasta relojes y sartenes en mercados internacionales.
Las casas de moda modernas trascienden fronteras nacionales. Por ejemplo, un equipo de diseñadores británicos, franceses y estadounidenses podría crear una prenda con marca italiana en Milán, fabricada por contratistas en China, Corea y México.
Impacto en el comercio internacional
Esta globalización se refleja en las estadísticas comerciales. En 1999, los cinco principales exportadores de prendas fueron China (30.080 millones de dólares), Italia (11.780 millones), Hong Kong (9.570 millones), Estados Unidos (8.270 millones) y Alemania (7.440 millones). Los mayores importadores: Estados Unidos (58.790 millones), Alemania (20.770 millones), Japón (16.400 millones), Reino Unido (12.530 millones) y Francia (11.580 millones). Francia, pese al prestigio de París en diseño, exportó solo 5.690 millones (Centro de Comercio Internacional, OMC, 2001).
Al igual que McDonald's y Starbucks, las marcas de moda piensan globalmente para llegar a compradores internacionales. Hoy, consumidores no necesitan viajar: Giorgio Armani, Valentino y Polo Ralph Lauren tienen boutiques desde Buenos Aires hasta Tokio.
Medios, tecnología y consumidores internacionales
Internet, Hollywood y la TV por cable han unificado gustos: consumidores de España y Estados Unidos comparten tendencias, celebridades y música al instante. La globalización permite a cadenas como Gap, Zara y Target competir con moda rápida a precios asequibles.
En los 90, las industrias tecnológicas rompieron códigos de vestimenta formales: jeans, caquis y prendas de punto se convirtieron en el uniforme corporativo. La alta moda se enfocó en accesorios como bolsos, zapatos y relojes con logos llamativos, más rentables que la ropa.
Accesorios de lujo lideran conglomerados como Gucci, Prada y LVMH (Givenchy, Yves Saint Laurent, Fendi), beneficiándose de economías de escala. El boom inició fines de los 90 con bolsos como el Fendi baguette de 1.000 dólares, coleccionados globalmente en Tokio, París y Nueva York.
Internet eleva la globalización: con un clic, se compra en Harrods, LL Bean, Neiman Marcus o eBay, accesible a todos.
Internet democratiza la moda, ofreciendo opciones infinitas y reduciendo el mundo a un mercado único.
Ver también: Industria de la moda; Globalización.
Bibliografía
Dickerson, Kitty G. Textiles y prendas de vestir en la economía global. 3.ª ed. Englewood Cliffs, Nueva Jersey: Prentice Hall, 1998.
Hyvarinen, Antero. "El patrón cambiante del comercio internacional de textiles y prendas de vestir". Ginebra: Centro de Comercio Internacional, Organización Mundial del Comercio, 2001.